Caracas — En la más reciente reunión de la Iglesia del Burro ocurrió algo especial, de esos mensajes que no solo se escuchan… sino que se sienten. Todo comenzó con una verdad sencilla pero poderosa: “El centro es la gente aceptando a Cristo.”
Y desde ahí, la conversación tomó vida propia.
El pastor lo dijo claro, casi como quien habla en familia: dar siempre será mejor que recibir. “Señor, guía el camino para poder lograrlo”, fue la oración que se volvió el hilo conductor de toda la enseñanza. Y no faltó la invitación que sacudió a más de uno: convertirse en provocadores de milagros, gente que donde ponga el pie, algo de Dios tiene que ocurrir.
Luego vino una frase que hizo reír, pensar y hasta incomodar: “La fe sin obras es muerta… así que métele adrenalina a tu vida.”
Y es que, entre risas y reflexión, todos entendieron que la fe no es un concepto bonito: es acción, movimiento, servicio.
El mensaje giró alrededor del pasaje donde Jesús entra montado en un burro. Sí, un burro. Y ahí mismo se soltó la pregunta que más silencio generó:
“¿Lo que haces glorifica a Dios?”
Esa pregunta se quedó flotando como esas cosas que uno trata de esquivar, pero no puede. Porque el burro, lejos de ser un animal cualquiera, representó humildad, obediencia y entrega total. Y de ahí salió otra enseñanza que marcó la mañana:
“Entrégale lo mejor al Señor. Un servicio V.I.P. El mejor trato es para Él.”
Con tono cercano, casi de amigo, el mensaje siguió recordando algo que todos saben pero pocos aceptan:
No se trata de lo que tú quieres, sino de lo que Dios quiere.
Y remató con una frase que hizo asentir a toda la iglesia:
“Cuando el servicio no te apasiona, es porque no sabes a quién le estás sirviendo.”
Fue ahí cuando muchos sintieron el golpe suave pero necesario: servir a Dios es un privilegio, un honor, una responsabilidad que se vive con corazón encendido.
Entre palabras y suspiros, el pastor soltó esta declaración:
“Soy lo que la Biblia dice que soy.”
Y le pidió a Dios con voz firme pero humilde:
“Señor, enséñame a darte lo mejor.”
Luego explicó que delante de Dios, lo más grande que puede hacer un creyente es ser como un niño: confiado, tierno, humilde y dispuesto a aprender.
Y cerró con una frase que se convirtió en eco espiritual:
“Una sola palabra de Dios puede destrabar vidas.”
La reunión terminó en silencio reverente, con una última palabra dirigida al cielo:
“Señor…”
Un susurro que decía todo sin necesidad de más frases.